Por años he recorrido muchos países del mundo siguiendo el pulso de la industria de reuniones, ferias y congresos. Desde los salones de exhibición en Barcelona, hasta las convenciones multitudinarias en Las Vegas, he visto cómo la agenda global se expande o se contrae al ritmo de la economía, la política y las tensiones internacionales.


Hoy, la pregunta es inevitable: ¿estamos viviendo un auge o un retroceso en los eventos internacionales?
A primera vista, podría parecer que el sector goza de buena salud. El número de ferias y congresos en Europa y Asia ha repuntado, y ciudades como Dubái, Singapur y Barcelona viven un momento dorado, atrayendo reuniones globales que antes tenían como destino casi exclusivo a Estados Unidos. Sin embargo, bajo esa aparente estabilidad se esconde un reacomodo profundo.
El factor político ha entrado de lleno en la ecuación, y en el caso de Estados Unidos, el fenómeno Trump ha sido determinante. La polarización interna, el endurecimiento de políticas migratorias y la creciente percepción de inestabilidad han provocado que varios organizadores internacionales replanteen su decisión de llevar allí sus eventos. No se trata solo de ideología: es logística, percepción de seguridad y temor a que asistentes de ciertos países enfrenten obstáculos para ingresar al país. En la última década, Estados Unidos fue sinónimo de grandes convenciones; hoy, empieza a ser sinónimo de incertidumbre.


Mientras tanto, América Latina vive su propio laberinto. Aunque la región tiene talento, creatividad y destinos con gran potencial, la inestabilidad política, la inflación y la inseguridad han golpeado la confianza de inversionistas y organizadores. Algunos destinos, como Ciudad de México, Buenos Aires o São Paulo, mantienen un flujo constante de eventos, pero otros han visto cancelaciones silenciosas o traslados hacia mercados más previsibles. A esto se suma que, en un contexto de crisis, la prioridad de muchas empresas latinoamericanas ya no es invertir en grandes convenciones internacionales, sino asegurar su operación diaria.
El resultado es un mapa global fragmentado:
- Europa y Asia: en expansión, absorbiendo parte de los eventos que antes iban a Estados Unidos.
- Estados Unidos: aún líder, pero con un desgaste creciente por factores políticos y de imagen.
- América Latina: con oportunidades latentes, pero frenada por problemas estructurales que no terminan de resolverse.


Como periodista, he aprendido que la industria de eventos es un termómetro perfecto del mundo. Pues donde hay optimismo, hay ferias, congresos y festivales. Mientras que donde hay miedo o incertidumbre, las agendas se vacían.
Hoy vivimos en un momento donde los eventos no desaparecen, pero sí migran. El reto para todos —desde los organizadores hasta los destinos— es entender que ya no basta con ofrecer un buen centro de convenciones; hay que ofrecer confianza.
La pregunta que me queda es: ¿estamos listos para competir en este nuevo tablero global donde la política pesa tanto como la creatividad? El futuro de la industria dependerá de la respuesta.

























