Por Michel Wohlmuth
México amaneció triste. No es una tristeza cualquiera. Es ese silencio espeso que aparece cuando un país entero se queda con el grito atorado. Cuando millones de personas imaginamos, durante varios días y noventa minutos más, que esta vez “Sí”, que esta vez el destino podía mirarnos distinto.
México perdió contra Inglaterra. Perdimos un partido. Perdimos una oportunidad. Perdimos una ilusión que se había vuelto colectiva.
Pero México no perdió su grandeza.
La ilusión, aunque duela cuando se rompe, también revela algo profundo: seguimos siendo un país capaz de creer y emocionarse. Capaz de mirar hacia el futuro con esperanza.
Durante este Mundial, la Selección Mexicana nos recordó algo que, entre la queja, la división, el enojo y el
cansancio cotidiano, se nos ha olvidado: México es mucho más que sus problemas. México es una fuerza emocional, cultural y humana difícil de explicar, pero imposible de negar.
Nos recordó lo que se siente ser país. Lo que se siente cantar juntos. Abrazarnos sin conocernos. Creer y sufrir al mismo tiempo. Gritar el mismo gol como si, en ese instante, desaparecieran las diferencias que en los últimos años nos han separado.
Nos recordó que, cuando queremos, nos unimos, y cuando sucede México se vuelve más grande que sus diferencias.
Esta “pérdida” nos deja un aprendizaje: no deberíamos necesitar un Mundial para sentirnos México. No deberíamos necesitar una tragedia, un terremoto o un partido decisivo para descubrir que podemos estar del mismo lado. La Selección nos dejó una lección que va mucho más allá de la cancha: unidos somos mejores.
Y es que unidos podemos construir, crear, producir, competir, transformar. Podemos hacer de México un país menos dividido y más generoso consigo mismo.
México está lleno de gente talentosa, trabajadora, creativa, resiliente. Gente que todos los días se levanta a hacer que las cosas sucedan, muchas veces a pesar del sistema, de la burocracia, de la inseguridad, de la polarización o del desencanto.
México está más vivo que nunca, y quizá por eso duele tanto perder. No solo queríamos ganar un partido, queríamos confirmar algo que en el fondo ya sabemos: que sí podemos. Que sí tenemos con qué. Que sí somos capaces de mirar de frente al mundo.
La ilusión no fue ingenua. Fue necesaria.
Ojalá no se nos pase mañana. Ojalá no volvamos tan rápido a la indiferencia, al insulto, a la división, al “no se puede”, al “así somos”, al “este país nunca cambia”.
Ayer perdimos un partido, pero ganamos un recordatorio, que somos un gran país, y es que México cambia cuando México se encuentra.
Esperemos no se nos olvide.
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