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Muchas medidas de emergencia pensadas para el corto plazo se volverán algo común. Esa es la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos. Decisiones que en tiempos normales se deliberarían por años, se toman en cuestión de horas. —Y.N. Harari, The world after coronavirus.

Con menos de diez días de estar trabajando desde casa, me queda claro que muchos de los cambios en la dinámica laboral que han sido puestos en marcha no por elección, pero forzados por una emergencia específica —la epidemia del nuevo coronavirus— van a convertirse en la nueva normalidad.

Por supuesto, muchos trabajos requieren de estar en un lugar específico en un horario específico, pero todos los que trabajamos sentados en una silla frente a una computadora podríamos estar en cualquier lado, mientras tengamos acceso a internet.

Las condiciones para hacer esto existen desde hace algunos años, pero las empresas que hasta antes de marzo de 2020 habían abrazado el trabajo completamente remoto eran excepciones, y en su mayoría nativas digitales, como Automattic, Atlassian, Invision, y Basecamp, por ejemplo.

Muchos corporativos llevan años experimentado con el trabajo en casa, o el trabajo flexible, que a su vez introdujo la práctica de hoteling en sus oficinas para no tener estaciones de trabajo asignadas a personas que a veces estaban y a veces no, y ahorrar algo de dinero. También los espacios de coworking son consecuencia de esta tendencia, entre otras cosas.

Pero esto es diferente.

Es la primera vez en la que empresas enteras, prácticamente de un día para otro, han tenido que dejar sus oficinas y trabajar todos, y con todos (colegas, clientes, proveedores), de forma remota. Sin alternativas. Sin más remedio que hacer que funcione. Y eso, definitivamente, va a ser muy transformador. Después de los inevitables tropiezos y frustraciones, van a emerger o a diseñarse nuevas formas de trabajo, de comunicación, de resolución de problemas, de coordinación, de convivencia.

Porque, como esto va a durar muchas semanas, no podemos dejar el avance o resolución de cosas “para ahora que nos veamos” o “cuando regresemos a la oficina”.

Creo que muchas de las dificultades que se han experimentado en el pasado con el trabajo flexible tienen que ver con que la gente se siente a medias en esa situación: a veces está en la oficina y la dinámica es una; a veces está en su casa y la dinámica es otra.

Después de esta experiencia, cuando regresemos a la oficina no seremos los mismos, y consecuentemente, la oficina no podría ser la misma.

Creo que esta experiencia nos quitará un velo de los ojos y nos permitirá darnos cuenta de que muchas de las cosas que considerábamos que no se podían hacer de otra forma se pueden hacer de otra forma. Que dinámicas que pensábamos que eran imprescindibles son prescindibles.
Que algunos “males necesarios” no eran realmente necesarios.

Probablemente el cambio más positivo tiene que ver con dejar de desplazarnos al trabajo (y a juntas, o a la escuela). El impacto favorable que esto tiene en el medio ambiente es muy importante. También, por supuesto, en el tiempo y dinero que la gente invierte todos los días para llegar a su trabajo, que ahora puede destinar para otras cosas.

Por ejemplo, para hacerse cargo de las tareas familiares y del hogar de manera equitativa con sus parejas. Nadie en la pareja tendría que renunciar a su carrera para hacerse cargo de la casa y de la crianza de los hijos.
Esto a su vez libera a la gente para vivir en lugares menos costosos (y muy probablemente más espaciosos y bonitos), descentralizando a las megalópolis.

Hasta podría revivir barrios, ciudades, sin necesidad de gentrificarlos. Fortalecer comunidades locales.
¿Qué pasará con las oficinas? Sin duda se reducirán, y en muchos casos dejarán de tener sentido. Quizá el futuro sea algo como WeWork (aunque lo más probable es que no sea WeWork). Lo que se necesita es simplemente un lugar con salas de juntas para esos casos en donde los beneficios de estar físicamente en el mismo lugar compensen el desplazarse kilómetros y kilómetros.

Sospecho que cada vez vamos a ser más exigentes en nuestro criterio sobre qué compensa desplazarnos y qué no.

Ahora bien, es un hecho que en este instante no tenemos todo resuelto para trabajar de forma remota. No sé ustedes, pero yo me siento más cansado al final del día en estos días de encierro que yendo a la oficina. Pero creo que es parte de irse adecuando, de ir encontrando esas nuevas formas de trabajar, de relacionarnos.

Las herramientas mismas no están al 100%. Esta prueba ácida global que les estamos aplicando, sin embargo, hará que mejoren y que surjan nuevas en tiempo récord, hechas para gente de verdad y no para techies o early adopters, que usualmente perdonamos o toleramos muchas fallas.

Probablemente personas más gregarias que yo vean este escenario como algo indeseable. A mí me parece que hasta ellos, eventualmente, se darán cuenta de que los beneficios superan por mucho a la pérdida de estar codo con codo con otros.

Después de todo, no es que esto mismo vaya a pasar con los espacios sociales, por supuesto.

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Autor: Rafael Jiménez

GM & Partner, México at Good Rebels. Founder, Seenapse

http://goodrebels.com